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Trauma, catarsis y autoconfianza: la España futbolística ante su destino

Aurelio Olmedilla| 19.07.2010. anef.es

Mis recuerdos de la selección española de fútbol siempre me han dejado un cierto sabor agridulce; quizá por la tendencia, ineludible, que siempre he tenido, y hablo en primera persona para no ofender a nadie, a realizar comparaciones, unas intencionadas, otras casi, casi, inconscientes.No puedo recordar ni el gol de Zarra, ni el gol de Marcelino, salvo por el estudio de la historia, o las coplas de algún cantautor insigne.


Mi incipiente interés por el fútbol coincide con la ausencia de España en los Mundiales, con la compra de la primera televisión en blanco y negro por mis padres, y gracias a ello, con las imágenes, difusas pero persistentes, de un chico negro que lanzaba desde el centro del campo para intentar meter gol en la portería contraria, sin lograrlo sí, pero creando una estela de entusiasmo ante un deporte hecho arte, que junto a otros notorios compatriotas conseguían un incontestable 4-1 en la final del 70.Mucho más nítidas son las imágenes del Mundial del 74, donde después de un apabullante dominio europeo del fútbol holandés, se hizo visible a nivel mundial una de las revoluciones tácticas de este deporte, apareciendo el fútbol total, la “naranja mecánica”, Johann,… Pero las emociones a veces no responden tanto a la “belleza evidente y universal”, como a extraños subterfugios rayanos en exorcismo, y así mi corazón quedó atrapado por siempre por aquel que unos meses antes había eliminado a mi Atlético de Madrid, en dos partidos épicos, el primero más que el segundo, y la figura del Kaiser, luego elevada a icono, retrospectivamente con su brazo en cabestrillo… el arte y el tesón, en conjunción armónica como concepto de equipo hizo presa en mí.


Mi “selección” desde entonces era Alemania, y veía a la Roja naufragar una y otra vez, sin el más mínimo atisbo de entusiasmo… 1978, 1982, 1986 y 1990. Balance negativo, solo “salvado” por el juego, tan incipiente como abocado a la tragedia, del exhibido en el México del “pelusa”, o en la Francia de Arconada. El trauma se estaba enquistando hasta límites insospechados. El codazo a Luis Enrique, el fallo de Julito reprodujeron el destino trágico de una nación deportiva, al menos en lo futbolístico, que parecía haber despertado en los Juegos del 92. Después de tantos y tantos “palos” llegó la decepción del 98, y vuelta a la aparición de síntomas del trauma… concentrados todos ellos en la figura del trencilla, y ratificado el diagnóstico en el pase de Joaquín desde “fuera” de la línea de fondo. De nuevo la “maldición de los cuartos”, concepto que devino en anclaje psicológico de un equipo deportivo, la selección española absoluta, gracias a la labor de periodistas y la asunción como irremediable de la conciencia colectiva de una afición, y como ha quedado demostrado de un pueblo. La caída al averno todavía no se había producido… aquellos que nos echaron por el hueco de un brazo y un cuerpo, volvían a cruzarse, pero esta vez “eran viejos” y jugaban peor, pero competían mejor, y el lastre del trauma era muy pesado… de vuelta a casa, y empieza la catarsis, de grupo y de nación. Solo un “druida”, un “sabio”… alguien a quien los alemanes habían despojado, quizá con suerte, pero seguro que con justicia de un campeonato europeo de club, solo alguien así podía, con el equipo que parecía tener, cambiar el destino, romper el maleficio, limpiar los rastros acerados de una historia que se presentaba cruda y eterna. Y dio con la poción mágica, un estilo de juego sí, pero más que eso con la convicción de un estilo de juego; similar a una terapia por implosión, el destino hace aparecer Italia… ¿y cómo se le vence?... a su manera, como no podía ser de otra forma, agónicamente, en los penaltis… el principio de remisión del síntoma. Y por fin llega la suerte final, como si de un miura o vitorino se tratase, y el destino permite que un gran grupo en proceso de recuperación psicológica, utilice dos vías atléticas para redimirnos ante nosotros mismos y ante el mundo. Lo demás, nuestra historia hasta aquí, todos la conocemos… un gran guía, el “hombre tranquilo” le llaman, y me parece justo y acertado, ha conducido a un “ser vivo nuevo y confiado”, un equipo, a conquistar un campeonato del mundo de fútbol. Ahora este grupo, este equipo, mira hacia atrás sin ira, sin miedo, con confianza, agradeciendo al druida su “poción”… y agradeciendo al destino haber eliminado a la selección que mejor fútbol ha hecho, a la selección que mejor ha sabido despedirse del Mundial, porque Alemania no perdió, fue superada, y con elegancia y gran deportividad así lo reconoció. Desgraciadamente Holanda, de la que tanto hemos aprendido y de la que, de una forma u otra, somos deudores, nos privó de un gran partido de fútbol, pero nos volvió a demostrar que ahora la confianza de la selección española está al nivel de su calidad, de su juego.


Dr. Aurelio Olmedilla Zafra
Psicólogo del Deporte
Responsable Grupo Investigación Lesiones y Psicología
Profesor de Psicología de la Universidad Católica San Antonio de Murcia

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# Título del artículo
1 Trauma, catarsis y autoconfianza: la España futbolística ante su destino
2 EL ENTRENADOR Y LA GESTIÓN DE LA FATIGA DE LOS JUGADORES: EL DRAMA DE LAS LESIONES
3 “The voluntary coach”
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